Creadsa | ¡Vivan las abuelas!
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¡Vivan las abuelas!

Yo soy de esa generación de chavales a los que en el verano llevaban al pueblo con los abuelos; qué bonito era todo, sin preocupaciones y, sobre todo, asalvajados, corríamos y corríamos por todos los lados. Todo el campo era nuestro. Nos hacíamos casetas en los árboles, nos vestíamos ese día en función de la película que hubiéramos visto en la tele: una espada si era de piratas, y unas pistolas si había sido de vaqueros. Nos pasábamos el día entero jugando y jugando en la calle, esa era la finalidad del verano.

Mi abuela Victoria era mi segunda madre, su generosidad era inmensa y de ella, repleta de positivismo, nunca escuché de su boca una mala palabra, ni un mal gesto. Y si el día había sido un poco malo, siempre estaba ese abrazo de cariño de mi abuela que lo solucionaba todo. Siempre animando, recuerdo esa frase que decía cuando veía que algo no me salía como esperaba: “tú tranquilo, que en esta vida todo llega” y cuántas veces, años después, aún la oigo. Qué razón tenía. Si persistes en conseguir algo, lo conseguirás. Siempre estaba detrás de nosotros, pendiente de darnos la merienda, de curarnos esa herida en la rodilla o donde cuadrase ese día, y de que nos echáramos una siesta, todos los días, y qué mal llevaba yo esto último. Siempre con un ojo detrás de mí, porque en cuanto se descuidaba, le abría la jaula de los pájaros -¡cosas de niños!-. Considero estos veranos con mi abuela imprescindibles en mi infancia.

Dicen que quieren analizar la sangre de los autónomos, y yo analizaría la de las abuelas. Abuelas que han tenido una vida de mucho esfuerzo y sacrificio para sacar los hijos adelante, como es el caso de la abuela de mi mujer, Araceli, con once hijos, nada menos. Jamás la he visto quejarse, ni tener rencor o resentimiento. Me encantaba su sonrisa repleta de ternura. Siempre que la íbamos a ver intentaba que me dedicase una. Recuerdo uno de esos días que, con sus más de 90 años necesitaba de un andador y teníamos que ir al comedor desde la cocina, separados por un largo pasillo. Ese día le dije: “abuela, coge la bicicleta y echemos una carrera” y con una gran sonrisa me responde: “la bicicleta, sí, la bicicleta”.

Simplemente puedo decir: “Os echo de menos”.

Por todas las abuelas que dejaron una huella profunda

salamancaaldia nº8

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